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Remoción buques hundidos en el Puerto de Mar del Plata   La decompresión   Más profundo que el mar (cuento de Lía Renoldi)

 

La remoción de los buques hundidos en el Puerto de Mar del Plata

A través del tiempo y de la burocracia muchos buques pesqueros ya obsoletos o con problemas judiciales han sido amontonados en la parte interior de la escollera sur, sin cuidado y a la buena de Dios. Uno de ellos, en una noche de mal tiempo, solito solito, soltó sus deshilachadas amarras y cuidadosamente supo salir de la boca del puerto, recalando frente al espejo de agua de la Avenida Constitución. Allí se quedó, primero haciendo parte del paisaje turístico de la costa, luego dejando su puente como apoyo de cansados pájaros, ahora, sólo un remolino identifica su hundimiento...

Los que se quedaron dentro del puerto, inexorablemente se escoraron y tocaron el bajo fondo. Cada buque parecía languidecer y clamar otro destino y no ser la injusta causa de contaminación u obstrucción.

Quién conoce o ha estado a bordo de un buque sabe que él adquiere un alma desde que se concibe su construcción, se bautiza, tiene espíritu y vigor. Por lo tanto su desaparición debe ser digna. Y con la satisfacción que nos da, las actuales autoridades del Puerto lo han entendido...


Un pontón grúa de Prefectura actualmente forma parte del paisaje
portuario marplatense. Tiene 35 metros de largo por 20 de ancho, con 800
toneladas de desplazamiento, posee con un taladro de 1,5 metro y su pluma posee suficiente fuerza
para levantar elementos reflotados de hasta 260 toneladas.

La remoción de los buques y cascos hundidos en la escollera sur del puerto
de Mar del Plata es necesaria  para sacar un obstáculo para la navegación,
tener una operatoria portuaria plena y evitar la contaminación.

36 buzos dirigidos por el capitán Filomatori están trabajando desde el
2005 y con proyección a tres años más, para remover 27 barcos embarrados. Es una labor dura, riesgosa, entre hierros oxidados, aguas contaminadas y sin
visibilidad.

Los buzos hacen inspecciones subacuática al tacto, extraen el barro
interno y externo del barco, tapan vías de agua y realizan túneles
por debajo del casco para pasar los cables que permiten luego izarlo con
la grúa de salvamento.

La compañía constante de los buzos en esos buques desguazados son los
lobos marinos.

Hasta la fecha se han removido tres buques y se está a la espera de
concretar la venta de su chatarra.

 

 

 

 

La 'decompresión'

artículo de Jorge Yantorno, desde Austria.

 


Jorge Yantorno, buzo SSI master, marplatense, residente en Austria ha enviado un importante artículo de divulgación sobre la descompresión.

Aprender e informarse sobre estos temas es de interés para todos los buceadores.


Bühlmann y el modelo ZH-L16


Modelos de cálculo de "Decompresión"

Aclaro que en el artículo voy a usar la palabra “decompresión” a pesar de no estar en el Diccionario de la Real Academia, porque por un lado el caso del buceo no está contemplado como significado en dicho diccionario y por otro lado porque la palabra así no cambia significado pero es más fácil de abreviar como “deco” y se corresponde más directamente con las traducciones tanto del alemán 'Dekompression' como del inglés 'decompression'.


Cuando buceamos, durante el descenso la presión a la que es sometido el cuerpo humano hace que para poder respirar tengamos que respirar el aire (o la mezcla de gases que estemos respirando) a la presión ambiente de la profundidad que estemos. Los gases inertes (no el oxígeno) se absorben en los tejidos del cuerpo y se acumulan allí con esa presión.


En cuanto ascendemos baja la presión ambiente pero no la de los gases acumulados en el cuerpo, hay entonces una diferencia de presión que es  lo que se denomina “gradiente” desde los tejidos hacia el exterior. Este gradiente produce efectos en el cuerpo que según cuán fuerte sea la
diferencia pueden ser dañinos. Esta situación se conoce desde los comienzos del buceo, pero tampoco es algo que se limita a los seres humanos. Es conocido el caso de los peces pescados a gran profundidad que mueren aún antes de llegar la superficie. Por más que los fenómenos por los cuales mueren dichos peces son completamente ajenos a nuestra fisiología (la vejiga natatoria es el órgano afectado) habla de que ni los seres acuáticos escapan a los efectos de los cambios de las presiones hidrostáticas.


Históricamente ha sido el problema encontrar una manera de poder identificar y predecir los factores que producen un efecto dañino, la llamada Enfermedad de Decompresión (DCS por sus siglas en inglés). Como no podemos estar midiendo en tiempo real lo que sucede en el cuerpo del buzo, lo que necesitamos es un modelo que lo represente y que podamos medir. Los modelos
existentes para el cálculo de estos factores se dividen en la práctica en dos grandes grupos:


a) Los modelos basados en los tejidos, que calculan el gradiente o diferencia de presión máximo que se puede soportar sin síntomas. Son los modelos con más historia, y relacionándolos con el primer modelo de dicho sistema, el de John Scott Haldane, se los denomina “haldanianos”. Las tablas que se utilizan para el buceo, como por ejemplo las de la U.S. Navy son producto de cálculos de este tipo. De estos modelos el más completo y avanzado es el modelo de Bühlmann. Todos los modelos de este tipo poseen parámetros que representan a grupos de tejidos según su velocidad de absorción o entrega de gas. Además todos los tejidos tienen asociado un gradiente máximo que pueden soportar sin presentar síntomas. Es decir que estos modelos se basan en la reacción de los tejidos del cuerpo a las condiciones de los cambios de presión durante la inmersión.


b) Los modelos basados en la mecánica de burbujas. En estos modelos se tratade evitar la formación de burbujas en el cuerpo, estimando los valores máximos de gradiente de presión a los que se pueda llegar sin que el crecimiento de las burbujas en el cuerpo se descontrole. Esta línea se inicia con el algoritmo VPM de Yount y Strauss, que usando el modelo de Bühlmann como base, agregan un control de formación de burbujas. Más recientemente el RGBM de Wienke, que se caracteriza por una implementación muy difícil por su compleja matemática. Estos modelos por lo tanto no se basan en la reacción del cuerpo y su fisiología a los cambios de presión, sino en la teoría de las burbujas y sus predicciones.


El modelo de Bühlmann

Albert Bühlmann era un médico suizo que se especializó en la medicina del buceo. Tiene incontables escritos sobre el tema, pero su contribución más conocida es el libro “Tauchmedizin” (Medicina del Buceo), donde en sus cuatro ediciones sucesivamente ampliadas resume su experiencia en Zürich tratando casos de accidentes de buceo, la teoría de su modelo, o mejor
dicho, sus modelos  y además describe la serie de experimentos donde metódica y científicamente demuestra la exactitud de su aproximación al tema.


En buceo cuando descendemos en una inmersión (excluyendo los casos de equipos de oxígeno puro) respiramos una mezcla de gas donde una parte es oxígeno y el resto es uno o más gases inertes. El oxígeno no nos interesa en los cálculos de 'decompresión' porque se procesa pero no se acumula en los tejidos, sí interesa lo que pasa con los otros gases que se respiran, los gases inertes que contenga la mezcla, en buceo el nitrógeno y eventualmente y/o helio.


Lo que hace Bühlmann es representar el cuerpo humano en compartimientos. Estos así llamados compartimientos representan a los grupos de tejidos que clasifica según su velocidad a la hora de absorber o entregar gas. Típicamente el habla de tejidos rápidos, los que tienen buena irrigación o
alto contenido acuoso como la sangre, el sistema nervioso central o los riñones, y los tejidos lentos como la grasa, los cartílagos y los huesos.


El modelo de Bühlmann tiene distintas versiones, ZH-L16 con 16 compartimientos es el más completo, el ZH-L8 es una versión reducida con nada más 8 compartimientos pensada para su implementación en computadoras exclusivamente para el buceo deportivo, y el ZH-L86 (de 1986) que es el primer modelo Bühlmann usado para el cálculo de tablas.


Además el ZH-L16 tiene tres versiones, A es el modelo teórico que Bühlmann utilizó en sus experimentos, B pensado para el cálculo de tablas y C para la implementación en computadoras. Las tres versiones se diferencian en el coeficiente de seguridad con que están calculadas.


Además del prefijo “ZH” (por ZüricH) los modelos tienen en común que los compartimientos se definen mediante dos parámetros calculados en función del tiempo medio de saturación del tejido en cuestión, el factor “a” y el factor ”b”.



ZH-L16

La teoría de los modelos de Bühlmann está basada en estudios sistemáticos con voluntarios en inmersiones simuladas en cámara hiperbárica con control médico y con grupos de buzos en tests en condiciones reales. El análisis de estas experiencias le permitió al Dr. Bühlmann perfeccionar el modelo, ajustándolo a la realidad.


Los 16 compartimientos son en realidad 17, porque aunque van del 1 al 16, el compartimiento 1 tiene un subgrupo, el 1b. Van desde tejidos con tiempo medio de saturación de 4min. para el compartimiento 1 hasta 635min. para el compartimiento 16. Los compartimientos tienen un correlato experimental y se asocian por ejemplo del 1 al 4 a la sangre, sistema nervioso central, los riñones, etc. Del 5 al 11 a la piel, los compartimientos 7 al 12 a la musculatura. El hecho de que piel y musculatura se superponen explica que los síntomas se presentan en ambos tejidos usualmente en forma simultánea. Los compartimientos 12 al 16 van de la musculatura a los huesos, pasando por ligamentos y cartílagos y tejidos grasos.


De acuerdo a los resultados experimentales Bühlmann determinó que los tejidos tienen diferentes tolerancias al exceso de presión, diferencia que es inversamente proporcional a su tiempo medio de saturación. Cuanto más ”lento” es un tejido, cuanto mayor su tiempo medio de saturación, menor su gradiente (diferencia de presión) tolerable. A su vez los tejidos “rápidos”, con menor tiempo de saturación, tienen una relativa gran tolerancia a la sobrepresión. Bühlmann aprovecha esto y distribuye los compartimientos no de manera uniforme, sino que le da lugar a más tejidos lentos que rápidos, asegurando un seguimiento más preciso de aquellos.


En la aplicación del modelo podemos dividir la inmersión idealmente en tres fases: la compresión, la fase isobárica y la 'decompresion'. En las primeras dos fases todos los tejidos (los compartimientos) incrementan su presión interna. La fórmula para el cálculo de la presión de inspiración de un gas dado según la presión ambiente es (con las variables según Bühlmann):

Piig = la presión de inspiración del gas inerte que se considera.


Pamb = la presión ambiente.
PsH2O = una constante y representa a la presión del vapor de agua en los pulmones, para una tempertatura de 37° y es igual a 0,063 bar.
fig = la fracción de gas en la mezcla, por ejemplo 0,78 para el nitrógeno en el caso del aire.

Bajo la influencia de esta presión en nuestros pulmones los tejidos incrementan su presión interna de acuerdo al tiempo de exposición según la siguiente fórmula de Bühlmann:

Pig (te) = la presión parcial del gas inerte acumulada en el tiempo de exposición te.


Pig (t0) = la presión parcial del gas inerte al comienzo del tiempo de exposición te.
Piig = la presión de inspiración del gas inerte.
Te = tiempo de exposición.
Con estas dos ecuaciones calcula el modelo ZH-L16 la carga de gas inerte en los tejidos en las fases de compresión e isobárica. En el momento que se inicia el ascenso los tejidos más rápidos van a ser los que tengan más carga de gas, más presión. Probablemente estén saturados incluso, siendo su presión interna igual a la ambiente. Pero cuanto más lento sea un tejido, menos presión interna tendrá, presión que por lo tanto será menor a la ambiente.


En la fase de ascenso disminuye la presión ambiente y los primeros tejidos cuya presión interna será superior a la ambiente serán los tejidos rápidos. En el caso de los tejidos lentos su presión será seguramente todavía menor a la ambiente, por lo cual seguirán saturando.


Esto significa que en la primer fase del ascenso los tejidos que pueden presentar problemas son los rápidos. Continuando el ascenso en algún momento los tejidos más rápidos habrán perdido tanta carga de gas que ya no representarán riesgo, pasando algún tejido medio a ser la “zona de riesgo”. Los tejidos más lentos seguirán saturando. En los últimos metros ya cerca de la superficie tejidos cada vez más lentos pasarán a ser los que rijan el ascenso, y es la razón por la cual esta fase de la 'decompresión' sea la más crítica. Recordemos que los tejidos lentos son los que empíricamente demuestran menos tolerancia al cambio de presión.


Esto nos dice que en la fase del ascenso tendremos siempre un tejido que con su gradiente crítico determine la profundidad a la que podemos ascender sin riesgo. Es decir que siempre hay un “tejido director” que establece el techo de nuestro ascenso. Si este techo se produce bajo la superficie estaremos hablando de una inmersión más allá del “tiempo nulo”, una inmersión con
'decompresión' obligatoria. Bühlmann recomienda siempre una parada en los 3-4m de profundidad, en los 2m para el caso de buceo en lagos a más de 700m de altura.


La fórmula de Bühlmann para la determinación de la presión máxima tolerable para cada compartimiento es:

Pamb.tol = la presión máxima tolerable por un tejido sin presentar síntomas.


Pig(tE) = la presión parcial del gas inerte alcanzada en el tiempo de exposición tE.

La belleza del modelo es su simplicidad, y su secreto son los factores a y b. Y el trabajo experimental para su determinación.

Resumiendo, en el modelo ZH-L16 tenemos una herramienta desarrollada a partir de la medicina del buceo, los procesos fisiológicos que interesan son sólo los que manifiestan síntomas. Es un modelo empírico, basado en una investigación llevada a cabo sistemática y científicamente. El profundo conocimiento de los mecanismos de la respiración por parte del Dr. Bühlmann se ven reflejados en la amplitud de factores que considera.

Su modelo ha sido usado para el cálculo de 'decompresión' en todo tipo de inmersiones, con aire, trimix o heliox y desde buceo profundo (recordemos la serie de pruebas donde H. Keller ya en 1961 alcanzó 300m de profundidad simulada en cámara) hasta buceo en altura.

A pesar de que se han desarrollado otros modelos luego del ZH-L16 sigue siendo un modelo absolutamente probado y vigente, y lo seguirá siendo mientras el cuerpo humano no cambie.

 

   

Más profundo que el mar

del libro "El hombre de los anteojos y otros cuentos", por Lía Renoldi

La escritora Lía Renoldi, se contactó con Verónica porque conoció a Eugenio Wolk, el creador de los buzos tácticos argentinos. Intercambiando correspondencia, accedió a que se difunda su cuento policial protagonizado por buzos.
 

 

Más profundo que el mar 

Tomó el cuchillo de la mesada y con todo el odio que le subía desde el estómago, comenzó a clavarlo una y otra vez sobre la tabla de picar, mientras con los dientes apretados murmuraba:

—¡Lo voy a matar!... ¡Lo tengo que matar!... ¡Lo quiero ver muerto!...

          Y, así fue.

Cuando él faltaba algunos días, ella ya deseaba que no volviera. Pero no se animaba a abandonarlo, por temor.  “No se te ocurra dejarme, porque te mato” le había advertido él varias veces. Sin embargo, cuando el médico le confirmó su nuevo embarazo, se armó de coraje y se preparó para huir. ¡No se arriesgaría a perder otra vez a su hijo!  

          Hasta la casa llegaba el estruendo de las explosiones en la playa. Morena creyó que ese era el momento oportuno. Puso una valija sobre la cama, y con gran nerviosismo, se apresuró a empacar algo de ropa y algunos objetos personales. “¿Cómo pude equivocarme tanto?“ se preguntó.

Se había enamorado  como una colegiala de un hombre del que no sabía nada. Fue durante el verano pasado, un día de excesivo calor. El desconocido la deslumbró, ni bien entró al bar. Rubio, alto, alrededor de treinta y cinco años, atlético, de ojos muy claros y una amplia sonrisa. Vestía jean y remera azul, que hacía resaltar aún más su bronceado. Era el príncipe con el que siempre había soñado desde que tenía dieciséis. Cuando se acercó a la barra y le pidió una cerveza, se la tuvo que reclamar dos veces, pues estaba anonadada.

          —Bien fría —recalcó el hombre.

Morena se apuró con la bebida y le alcanzó un plato con ingredientes. Él no reparó en ella. Más bien parecía estar estudiando el ambiente o buscando a alguien. Al averiguar, se enteró que era buzo y holandés.

          Pasaron varios días en los que aparecía más o menos a la misma hora, bebía unas cervezas y hablaba con otros colegas. Una tarde en que estaba solo en el mostrador, ella se atrevió a iniciar la conversación, mientras le alcanzaba la cuarta cerveza.

          —¿Qué lo trae por estos pagos? —preguntó— ¿Está de vacaciones o trabaja para la empresa que desguaza el barco hundido?

          —Soy buzo, experto en explosivos —le confirmó él en buen español pero con acento y sin más comentarios—. ¿Y tú, que haces en un bar como éste?... ¿Eres la hija del dueño?

          —¿De Pepe? ¡No! —contestó ella, sonriendo nerviosa—. Yo atiendo acá en verano. En invierno no hay nadie. Sólo los que trabajan en el barco.  Y eso depende de las mareas —aclaró, mientras repasaba el mostrador, por hacer algo.

—¿Y qué haces en invierno?

—¿En invierno? En invierno, pinto. Aunque todavía estoy aprendiendo… Con lo que gano aquí, me pago el estudio.

—¿Ah, sí? —contestó ya indiferente el holandés, mientras recorría  el entorno con  mirada distraída.

—¿Vives todo el año acá?

—No. Le dije que sólo en verano. Yo vivo en Necochea.

—¿En Necochea? …He oído que hay muchos europeos allí —comentó  el hombre,  volviendo su cara hacia ella, otra vez interesado.

—Si. Algunos hay.

—Quiero otra cerveza …—y agregó— estoy buscando a un colega. A un tal Ducroix. Es francés. ¿Oíste alguna vez ese nombre?

—No. Hubo, sí, un francés por aquí hace dos años… Bueno, le decían “francés”, porque era rubio y hablaba el idioma, pero algunos decían que era belga —comentó ella sirviéndole la cerveza—. Era guardavidas.

El holandés ya no parecía prestarle atención. Se mandó la cerveza como si tuviera que apagar un incendio.

—Se cree que le dio un calambre o algo así, mientras trataba de salvar a un chico que se había internado demasiado, y se ahogó —siguió contando Morena–. Días después apareció en la playa el cadáver del muchacho —se ubicó frente a él, los brazos apoyados en el mostrador—. A Marcel nunca lo encontraron—. Dio toda esa explicación, ansiosa de prolongar el diálogo, pero él puso punto final a la charla, señalando la copa ya vacía.

—Dame otra y cierra la cuenta.

Bebió también esa cerveza de un trago, pagó y  giró el taburete dispuesto a irse. Ya cerca de la puerta, se dio vuelta, la miró como midiéndola y sin rodeos, le preguntó:

—¿Qué haces a la salida?

—¿Yo?... — titubeó sorprendida.

—Te invito a comer. Pero no aquí. —Miró su reloj—. Te paso a buscar en media hora... ¿está bien? —preguntó guiñándole el ojo, y, dando por sentada la respuesta, salió del bar.

Morena había quedado boquiabierta por la sorpresa, después loca  de alegría. “¡No lo puedo creer! ¡Se fijó en mi!”, se dijo, mirando su reflejo en la vitrina donde estaban las bebidas. Era bonita sin descollar, pero sus dieciocho años estaban bien repartidos.

 Se apuró a ordenar el mostrador. Enjuagó las copas y guardó las bebidas.  Sólo  quedaban  dos hombres  sentados  a una mesa.  Le

pidió a Pepe que le hiciera el favor de encargarse de ellos. Fue al fondo del local y se cambió la blusa y el pantalón por una falda. Pasó el peine por su pelo negro, ensortijado y le dio un toque de color a sus labios. Se miró al espejo y se vio como Jennifer Jones en “Duelo al sol”. Aunque hubiera querido estar mejor para esa ocasión, se sentía inmensamente feliz. Iba a tener su primera salida con un verdadero hombre. Con el hombre de sus sueños.

 El  “Nicolao P”, del que sólo emergía la popa, se encontraba encallado desde hacía años en una angosta y profunda grieta cerca de la playa, hasta que una empresa extranjera lo compró para desguace. Su ubicación hacía muy difícil y peligroso el acceso de los buzos para colocar la dinamita, ya que sólo disponían del tiempo que duraba la marea baja. Un fuerte oleaje en esa posición, podría costarles la vida.  De ahí que se contrataran a buzos especializados. Del holandés se sabía que se llamaba Vincent van Klingenheimer y que era uno de los mejores en su profesión. El apellido nadie lo podía repetir. Algunos lo llamaban Vincent, pero al final terminaron utilizando el apodo de “el holandés”.

 Morena conocía poco de él. Sólo hablaba cuando estaba bebido de  cosas que ella no entendía. Y si le hacía alguna pregunta personal,  la dejaba sin respuesta o le decía:  ”No hay nada que pueda interesarte”.  Aunque introvertido, podía ser encantador cuando estaba sobrio, pero se ponía violento cuando bebía. Entonces repetía una y otra vez: “Tengo que encontrar a Ducroix”… ”Lo tengo que encontrar”. La sola mención de ese nombre, le hacía relampaguear los ojos.

Estaba por cerrar la valija, cuando, de improviso, como si lo hubiera presentido, apareció el holandés, abriendo la puerta de un puntapié. Aún era de mañana y  ya estaba borracho.

—¿A dónde crees que vas?... —dijo apoyándose en el marco—. ¡Nadie abandona al holandés! ¿Me oyes? ¡Nadie!  —Tomó la valija y la arrojó contra la pared, quedando su contenido desparramado por el suelo.  A ella le dio un empujón que la hizo caer sobre la cama, le arrancó la ropa y la violó. Una tras otra, se podían oír las explosiones de la dinamita en la playa.

Esa tarde, cuando llamaron a la puerta, Morena estaba sola. Un hombre de unos cuarenta y cinco años, de aspecto extranjero,  campera negra y gorra en mano, le preguntó:

          —¿Vive aquí Vincent, Vincent van Klingenheimer?... Soy Ducroix

          —¡Ah!... Ducruá —Morena no pudo evitar una exclamación de sorpresa. Luego,  tratando de recobrar un tono de indiferencia, — sí señor, pero no está en casa.

          —¿Sabe dónde puedo encontrarlo? —preguntó el francés arrastrando la “r”.

          —No sé... a esta hora –titubeó—. realmente no sé—. Tal vez, en el bar... frente a la playa.

          —Muchas gracias, señora. Por si no lo encuentro y él regresa, dígale que Philip Ducroix lo estará esperando en el bar…—dijo calzándose la gorra—. Ha sido muy gentil, señora… –agregó con una leve inclinación de cabeza antes de retirarse.

          Morena cerró la puerta y se apoyó en ella. “Se terminó la búsqueda”  pensó.

          Apenas habían pasado quince  minutos cuando, dando tumbos mientras bebía de la botella, entró el holandés, como nunca lo había visto. Ella estaba en la cocina picando verdura. Pensando que le daba una buena nueva, se apresuró a informarle de la aparición de Ducroix y le dijo que éste lo esperaba en el bar.

          —¡Estúpida! ¿Qué has hecho? —le increpó iracundo el holandés—  ¿Dejaste ir a Ducroix? ¡Debiste haberlo retenido aquí! —se  movía  como  una  fiera  dentro de la jaula— ¿Lo  enviaste  al  bar?

¡¿Dejaste que el francés se fuera?! —se balanceaba de un lado a otro

con la botella en alto— ¡Eres una estúpida! —volvió a gritarle furioso—¡Una estúpida!

Entonces, se abalanzó sobre ella para golpearla, pero trastabilló,  la   botella  se  le  escapó   de  las  manos  y  voló contra  la

ventana, rompiendo el vidrio. Eso lo irritó tanto, que comenzó a sacudirla y a pegarle con los puños en la cara y en el pecho. Ella buscó resguardo en un rincón de la cocina y para proteger su vientre se agazapó cara a la pared, cubriéndose la cabeza con las manos. Él terminó dándole puntapiés, mientras vociferaba:

          —¡No sirves para nada! ¡Eres una inútil! —y sólo la dejó para ir a buscar  el  revólver y salir de  la casa, mientras  continuaba  gritando: —¡Eres una estúpida! ¡Una… una  estúpida!...

          Con gran esfuerzo Morena se levantó del suelo, asiéndose de la pata de la mesa. Se apoyó contra la mesada de la cocina. Apenas  se  podía enderezar. Le dolía todo el cuerpo, la espalda. Le costaba respirar. Sentía que le estallaba el corazón. Se abotonó la blusa y se quitó el mechón de pelo que le caía sobre la cara, dejando al  descubierto su ojo amoratado.  Sentía  un  sabor dulzón en la boca. Tomó un repasador y se secó la sangre que le brotaba de la lengua y del labio inferior.

          —¡Cerdo! —exclamó—. ¡Estoy harta! ¡Harta!... ¡No aguanto más!

           De pronto, tomó el cuchillo y con todo el odio que le subía desde el estómago, comenzó a clavarlo una y otra vez sobre la tabla de picar, mientras  farfullaba entre dientes—: “¡Lo voy a matar! ¡Lo tengo que matar! ¡Lo quiero ver muerto!...Cuando vuelva, lo mato... ¡Lo mato!” —repitió con firmeza.

          Morena parecía enajenada. Apoyada contra la mesada, la mirada centelleante  fija en la entrada a la cocina, la mano apretando el cuchillo, esperaba el regreso del holandés.

          El bar quedaba apenas a escasos cien metros de la casa. Había oscurecido. Ella seguía parada inmóvil en el mismo lugar, esperando. El viento golpeaba de tanto en tanto la puerta de la casa que había quedado abierta. Una tenue luz de la calle se filtró en el ambiente contiguo.

Poco después, fracasado su encuentro con Ducroix, el holandés volvió hecho una furia. Con la botella en una mano y el revólver en la otra, empujó la puerta con el cuerpo e irrumpió en la cocina, mientras vociferaba amenazante:

—¡Maldita! ¡Por tu culpa lo perdí! —Al tanteo buscó el interruptor y encendió la luz. La encontró tal como ella había quedado, aguardándolo.

Por primera vez, Morena lo vio como un extraño. Ese desconocido que tenía delante, estaba desgreñado, desencajado y con barba de varios  días.  Sus  ojos  relampagueaban  y  sus  movimientos

eran torpes y violentos al mismo tiempo. Su sola presencia era  aterradora.

          Estupefacto, él reparó en la actitud de ella.

—¡¿Qué?!...!¿Tu pensabas matarme?! ¡¿Matarme con eso?! —preguntó con sarcasmo,  mientras agitaba  la mano en la que  tenía   el 

revolver señalando  el  cuchillo que ella aún sostenía en la suya. Largó una carcajada pero, de pronto, su cara se transformó, sus facciones se endurecieron y un odio oscuro brilló en sus ojos. Ella, paralizada, retuvo el aliento.

          —Mereces que te mate por estúpida y traidora...—dijo masticando cada sílaba,  mientras  se  esforzaba  por  mantenerse  en  pie.

          Totalmente fuera de sus cabales, sintió  la  imperiosa necesidad de descargar el arma contra alguien. Levantó la mano, entrecerró sus ojos y le apuntó...

—Vince... —lo detuvo una voz inconfundible a sus espaldas.

          Sorprendido, éste hizo un giró instintivo sobre sus talones, al tiempo que descerrajaba varios disparos a la oscuridad del cuarto contiguo. La respuesta fue inmediata y certera. El holandés tambaleó y  antes de desplomarse de bruces sobre el piso, alcanzó  a  ver  a  Ducroix que emergía  de las sombras. El francés se acercó, lo observó  un instante y luego arrojó su arma junto al cuerpo tendido.

—El odio puede ser más profundo que el mar…—murmuró  entonces, y, al ver el desconcierto reflejado en los ojos espantados de Morena, agregó—,  uno de los dos, tenía que ser...

 

(...)Yo era jovencita cuando  conocí a Wolk. También recuerdo bien a los padres. Pasaban siempre frente a mi casa camino a la suya. Será porque era tan joven entonces, que lo que mi padre nos narraba de él al igual que sus propias historias, las escuchaba solo con media oreja. Hoy lo lamento horrores. Sin contar la mía, que también da para otro libro. Con todo esto te estoy diciendo, que ya tengo mis años y lo peor, que soy jubilada en espera de justicia...
En cuanto a mi cuento, que es pura ficción,  podríamos decir que es un policial. No hablo del buceo en sí, sino de dos buzos que se buscan, para vengarse uno del otro por algún asunto pendiente entre ellos y que escribí, porque ya tenía armado y me gustaba el entorno. Siempre que escribo, me gusta documentarme primero. El  Nicolao P que estaba varado en Necochea, es probable que sea el barco al que se refiere Faedo y con el que no tuvo éxito ya que  estaba encallado en una profunda grieta en la costa.  Mi marido, que compraba chatarra para acerías contrató a un buzo alemán (cuyo nombre lamentablemente ya olvidé) para colocar la dinamita. Tengo algunas fotos de las explosiones. Del barco apenas se ve algo. Además era muy difícil rescatar los pedazos  que quedaban tirados en la costa porque había que contratar una grúa de pluma y la playa, si bien amplia, era rocosa y  poco adecuada para esos trabajos. En suma, la mayor parte de  los restos en la playa fueron robados. Te voy a mandar el cuento. Si te parece que sirve para subirlo a tu página, hacelo.
¡Así que Wolk terminó como hombre rico!. Yo lo conocí bien modesto pero muy pintoresco.
No supe que se había vuelto a casar. Sería como es siempre: nueva  vida = cambio de mujer... De los hijos de su primer matrimonio (dos varones y una mujer) sabés dónde se encuentran?

(...)

Voy a indagar un poco sobre el libro de Bruna Pompei.
Un abrazo
Lía

 

 

 

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Última modificación: 04 de July de 2011